El sábado fue un día tranquilo, el único hecho a destacar fue un encuentro de las valkyrias con su comandante en la taberna "de los rebeldes". Las muchachas le preguntaron si irían a luchar contra los milaneses en Guastalla, y éste les contestó que no, que harían algo "más interesante".
Después de esto se volvieron a separar, Elvira fue al campamento, y Waltraute se encontró al fin con Petaca y Charlie Waisberg V, los aragoneses que venían a combatir con ella. Conversaron durante algunas horas en la Plaza, y después fueron al campamento para enrolarse.
El sol se encontraba bien alto cuando los dirigidos por Montefeltro y Scilaii comenzaron a levantar sus carpas. Partirían en ese momento, pero sólo los comandantes sabían adonde irían.
Waltraute aprovechó el movimiento para tomar un caballo prestado, y salió disparando hacia Verona. No llegó hasta la ciudad: a medio camino se detuvo, allí estaba su "casi" fidanzato. El encuentro, muy formal, duró alrededor de media hora, y luego cada uno volvió a sus obligaciones.
A la vuelta, antes de la cena, encontró a Elvira escribiendo. La muchacha era muy celosa de sus cosas personales, pero Waltraute no tuvo dificultad para encontrar los papeles. En un descuido, después de la cena, se hizo con ellos.
El amanecer encontró a Elvira mirando fijamente su espada. Habían pasado varios días de campaña a marchas forzadas y contra todo pronóstico, seguía viva. Se miraba a sí misma sin verse. Sabía que tarde o temprano acabaría besando el suelo que pisaba, y no concebía la vida más allá de mañana. Se sentía extraña. Exaltada. Enérgica. Se había unido a la lucha sin saber bien porqué, junto a dos de sus hermanas de orden. Waltraute iba y venía con la marabunta de soldados a cuyas caras no miraba. Tasminia, la más fuerte de las tres, había caído en una emboscada la primera noche. Las Norns son caprichosas. Había llorado su muerte y había levantado sus plegarias para hacerle compañía pero una sombra velaba desde entonces su mirada.
Caída a manos de sus propios compañeros. La noche fue traicionera, el ejército inexperto y el nerviosismo palpable. Al primer contratiempo se desencadenaron las órdenes atropelladas y el entrechocar de armas ciegas. Waltraute y Elvira, comandadas por un teniente hispano a cuyo mando se les había encomendado por compartir lengua, llegaron a contemplar el último estertor de la valkyria. Contaron más de 40 cuerpos. Mientras los demás se dirigían a hablar con el Estado Mayor las dos desaparecieron.
El frío que sientes en tus huesos será sólo un recuerdo. Has sido bravo y la muerte más gloriosa no pasa sin recompensa. Bebe, sana, canta. Muere en los días y vive en las noches. Y cuando toque el cuerno, ¡demuéstrale a Odín que eres su digno guerrero!
Su llegada a Mantua fue en exceso exitosa. Libertadores, les decían. Cabizbajos, muchos miraban las mellas de sus armas. La ciudad hervía de vida, la tropa revivía y las tabernas dejaban escapar risas y gritos. Nadie olvidaba que podían ser sus últimas horas. Waltraute ardía en ira y se calmaba a sí misma afanándose en mil asuntos. La valkyria vigilante no dormía nunca y tenía asuntos por doquier. Una carta, unos aragoneses, una oportunidad perdida. Pero todo se calmaba cuando estaban juntas, como si su esencia entrelazada cobrara cuerpo y fuerza. Menos cuerpo, menos fuerza. Sólo quedaban dos, pero en esos momentos podían reír seguras. Estaban en casa. Se agradecían unas palabras en castellano, y los hispanos con los que hicieran viaje se hacían difíciles de ver. El Heraldo irlandés mantenía su misterio, y aunque pertenecían al mismo ejército sólo se presentaba a las inspecciones de turno. Elvira lo miraba de reojo, no olvidaba a quién se debían sus armas.
Volvieron a encontrarse en las tabernas de Mantua caída la noche. Soldados y vecinos brindaron con las guerreras, les regalaron palabras amables y desearon fortuna. Llegada la hora, se encaminaron al campamento. A un lecho húmedo, estrecho y vacío. Waltraute no dormiría así que se separó antes de llegar donde Carasius y el resto habían preparado una fogata. Elvira se tumbó sobre la hojarasca y escuchó el crepitar del fuego. Un chasquido, dos. Y un silbido. Prolongado, melódico, paralizador. Y en medio del ejército, un hombre en las sombras corriendo camino a Mantua. Los soldados boquiabiertos tardaron unos segundos en reaccionar. Para cuando lo alcanzaron, una decena de soldados asestaba un golpe al unísono. Cuando Elvira levantó la vista vio los ojos de Waltraute en blanco clavados junto a su espada. Corrió en dirección contraria en busca de más infiltrados, los soldados se desplegaron en todas direcciones. Waltraute permaneció allí comprobando la documentación. Otro muerto por error.
Caída a manos de sus propios compañeros. La noche fue traicionera, el ejército inexperto y el nerviosismo palpable. Al primer contratiempo se desencadenaron las órdenes atropelladas y el entrechocar de armas ciegas. Waltraute y Elvira, comandadas por un teniente hispano a cuyo mando se les había encomendado por compartir lengua, llegaron a contemplar el último estertor de la valkyria. Contaron más de 40 cuerpos. Mientras los demás se dirigían a hablar con el Estado Mayor las dos desaparecieron.
El frío que sientes en tus huesos será sólo un recuerdo. Has sido bravo y la muerte más gloriosa no pasa sin recompensa. Bebe, sana, canta. Muere en los días y vive en las noches. Y cuando toque el cuerno, ¡demuéstrale a Odín que eres su digno guerrero!
Su llegada a Mantua fue en exceso exitosa. Libertadores, les decían. Cabizbajos, muchos miraban las mellas de sus armas. La ciudad hervía de vida, la tropa revivía y las tabernas dejaban escapar risas y gritos. Nadie olvidaba que podían ser sus últimas horas. Waltraute ardía en ira y se calmaba a sí misma afanándose en mil asuntos. La valkyria vigilante no dormía nunca y tenía asuntos por doquier. Una carta, unos aragoneses, una oportunidad perdida. Pero todo se calmaba cuando estaban juntas, como si su esencia entrelazada cobrara cuerpo y fuerza. Menos cuerpo, menos fuerza. Sólo quedaban dos, pero en esos momentos podían reír seguras. Estaban en casa. Se agradecían unas palabras en castellano, y los hispanos con los que hicieran viaje se hacían difíciles de ver. El Heraldo irlandés mantenía su misterio, y aunque pertenecían al mismo ejército sólo se presentaba a las inspecciones de turno. Elvira lo miraba de reojo, no olvidaba a quién se debían sus armas.
Volvieron a encontrarse en las tabernas de Mantua caída la noche. Soldados y vecinos brindaron con las guerreras, les regalaron palabras amables y desearon fortuna. Llegada la hora, se encaminaron al campamento. A un lecho húmedo, estrecho y vacío. Waltraute no dormiría así que se separó antes de llegar donde Carasius y el resto habían preparado una fogata. Elvira se tumbó sobre la hojarasca y escuchó el crepitar del fuego. Un chasquido, dos. Y un silbido. Prolongado, melódico, paralizador. Y en medio del ejército, un hombre en las sombras corriendo camino a Mantua. Los soldados boquiabiertos tardaron unos segundos en reaccionar. Para cuando lo alcanzaron, una decena de soldados asestaba un golpe al unísono. Cuando Elvira levantó la vista vio los ojos de Waltraute en blanco clavados junto a su espada. Corrió en dirección contraria en busca de más infiltrados, los soldados se desplegaron en todas direcciones. Waltraute permaneció allí comprobando la documentación. Otro muerto por error.
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Hoy, en camino se ha cruzado con los defensores de Mantua y un grupo compuesto por FilotadeFrenk74bl y de Libertius.
Hoy, en camino se ha cruzado con los defensores de Mantua.
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