El viernes transcurrió tranquilo, por la tarde Wal estaba en el jardín descansando al sol. El progreso, en lo físico, era rápido, el problema seguía estando en la cabeza. Antes del anochecer Theodoro se despidió: era hora de volver a Mantúa.
El sábado amaneció soleado, y Stian fue al mercado a buscar pan fresco para el desayuno. Allí se encontró con una mujer encapuchada, parecía mayor por sus manos: ésta lo tomó del brazo y le dijo:
- Ve con cuidado, la batalla es más grande de lo que piensas. No fuercen su mente: si no recuerda algo, no debe saberlo.
Antes de desaparecer entre la muchedumbre le entregó una moneda de oro. Stian se quedó perplejo, pero luego volvió a lo suyo.
- Tres hogazas por favor - indicó
- Aquí tiene - dijo la panadera, y al ver la moneda con la cual pagaba se la devolvió: - sólo aceptamos ducados venecianos.
El vikingo se corrigió, pagó lo propio y retornó a la casa estudiando la moneda. Los otros sabrían corregirlo, pero de un lado, estaba seguro, había un valknut, y del otro estaba el escudo de la Casa de Isenstein, de la familia de Waltraute.
Llegó a la casa y contó lo sucedido a los otros, enseñándoles la moneda.
- Esto es cosa de los Ases.
- Se nos complicará cuando empiece a preguntar.
- Armemos una historia entonces, así no nos contradecimos ni nada de eso.
- Y contestemos siempre muy superficialmente.
- Hecho.
Así, pasaron la tarde pensando en eso, y por la noche, durante la cena, a sus preguntas contestaron lo justo y necesario. Que nació en Isenstein y estudió en Trondheim, donde volvió junto a ellos; luego se casó y enviudó rápido y viajó a continente: allí pasó por Hispania, el sur de Francia hasta llegar a Venezia y vivía desde hacía tiempo en ese lugar.
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