Estaba todo negro, y de repente un fuerte aroma inundó su sueño. No pudo más que despertarse para sacarse eso de encima, y fue tal la repugnancia que le dio aquel olor que la hizo vomitar. ¿Qué era eso? Abrió los ojos, lo primero que hizo fue mirar la única luz de la habitación, una vela que estaba sobre una mesita. Su vista comenzó a aclararse, y reconoció un hombre, sentado a la vera de la cama, viejo. Su rostro le era conocido... y detrás, otros ¿tres? cuatro. Sí, cuatro, pensó, ¿bárbaros? Eran rubios, de contextura fuerte, barbados y sucios. Encajaban perfectamente en la definición de "bárbaros". Uno intentó acercarse, y ella se alejó, cubriéndose con la sábana. Estaba en camisón ¡delante de tanto desconocido! Pero no, el viejo era familiar...
- ¿Quién es? - atinó a preguntar en italiano - ¿quién soy? ¿dónde estoy?
Uno de los bárbaros se llevó la mano a la cabeza, como si algo anduviera mal. El viejo les hizo una seña.
- ¿Sabes quién soy? - le preguntó. Wal intentó tragar saliva, y le acercaron un vaso con agua.
- Se me hace conocido, señor - respondió. Pensó un rato y arriesgó - ¿Theodoro?
- Sí, niña, soy yo. Veo que has aprendido italiano, la vez anterior despertaste hablando otro idioma. ¿Sabes quienes son ellos?
Wal negó con la cabeza.
- ¿Sabes en qué día, mes y año estamos?
- Noviembre de Mil cuatrocientos cincuenta y ocho. El día... no, no lo sé.
- ¿Dónde estás?
- En mi cama.- La misma Wal se sorprendió al decir eso, y rápidamente reconoció cada parte de su habitación. - En mi casa, la n° 26 de la Citadella de Verona. - sonrió.
- ¿A qué te dedicas?
- Trabajo en el Palazzo Ducale, en la Cancillería. Soy Cónsul para la Hispania.
- ¿Cómo te llamas?
Silencio. Se llevó la mano izquierda a la frente, pero aunque apretara no salía la respuesta. - ¿Puedo descansar? Me duele la cabeza.
- Sí, te despertaremos para el almuerzo, debes comer.
Theo se levantó y los bárbaros lo ayudaron a cambiar la sábana y lo acompañaron a salir. Antes de que cerraran la puerta, Wal preguntó:
- ¿Qué pasó?
- Te caiste de un árbol - respondió uno medio pelirrojo
- Gracias. - cerraron la puerta - ¿Y qué hacía yo en un árbol?
Pensando en eso se durmió.
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