Los vikingos se levantaron con una importante sensación de extrañeza, y con el cuerpo dolorido, como si los hubieran molido a palos la noche anterior.
- ¿Estamos todos enteros? - preguntó Bjorn - hay mucho olor a sangre seca.
Se miraron y estaban bien (dentro de lo que cabe en cuatro vikingos que no se bañan hace una semana y duermen en la intemperie).
- Lo trae el viento, pero debe estar cerca, se siente mucho.
- Vamos a ver qué es.
Levantaron campamento y se pusieron en marcha. En nada divisaron un bulto, verde oscuro, y rubio de trenzas.
- ¡Wal! - gritaron y salieron corriendo hacia ella. La encontraron con los ojos abiertos pero inconsciente, bañada en su propia sangre. Parecía muerta, pero Brynjar luego de unos interminables minutos escuchó un latido en su corazón.
- Hay que llevarla ya a Verona.
- Ustedes armen un catre para transportarla, yo salgo ahora a buscar un médico. Nos encontramos en la casa de ella.
Así, Stian, que hablaba algo de italiano, salió presuroso hasta la ciudad, mientras los otros tres juntaban madera - las ramas largas caídas serían bastante útiles - y con sus camisas armaban el camastro.
- Nuez moscada - señaló Brynjar al oler lo que había en la mano de Wal - el golpe en la cabeza no parece tan fuerte, no estaba tan arriba en el árbol - decía mientras miraba desde qué altura faltaban ramas.
- Ven, carguémosla aquí.
Con cuidado la levantaron, tratando de que no se moviera ninguna articulación -de las reales, y de las que podría inventar el golpe- y con paso apretado, ligero pero cuidadoso, se encaminaron a Verona. Llegarían por la noche, si nada los atrasaba.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario