- Tengo hambre Tengo hambre Tengo hambre Tengo hambre Tengo hambre Tengo hambre y Tengo hambre -
Los árboles no respondieron, pero la queja sirvió para que un conejo huyera asustado. La rubia se llevó la mano a la frente, consciente de que escapaba su comida. Intentó levantarse, pero hacía una semana que comía sólo bayas y eso no era alimento. Se quitó la armadura, dejó sobre ella la pesada espada, y bajó al bosque apenas con su daga. "Algo cazaré" se repetía.
Bayas, sólo bayas. Y varias nueces, que iba abriendo y comiendo en el camino. - No puede ser que no haya ni un nido, de hecho ni un pájaro he visto estos días... claro, en otoño se me ocurre acampar ¡habrase visto! ¡Conejiitooooo! - en eso estaba cuando sintió un ruido en un árbol. Miró para arriba, y había un nido. Sin dificultad trepó, el árbol era alto y por primera vez en su vida se mareó al mirar para abajo. - Epa - dijo y comenzó a andar con más cuidado. Llegó a la rama del nido, tan estratégicamente ubicado en el extremo donde se hacía poco gruesa. ¿Se entiende a dónde vamos, no?
- Un último esfuercito Wal - se dijo, se estiró y sin llegar a tocar el nido, logró que la rama se doblara y quebrara por su peso, cayendo y golpeándose con todas las ramas del árbol (sí, hasta las del otro lado). La narradora no sabe de dónde salió la roca con la cual golpeó su cabeza: no recuerda que estuviera ahí cuando Wal comenzó a trepar, pero ahí estaba cuando bajó. Un golpazo.
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