Antes que empezar a escribir cualquier cosa, creo que debo presentarme. Mi nombre es Waltraute, en alemán significa "la poderosa en batalla". No recuerdo mi apellido, lo perdí hace mucho tiempo.
Mi primer origen es germano, aunque ahora me encuentro en el sudoeste de Midgard. Digo primero, porque he tomado cientos de cuerpos hasta el día de hoy, de muchos lugares diferentes, hasta llegar al que hoy me alberga, infinitamente idéntico al primero, que es lo que me permite estar escribiendo.
Sí, dije Midgard. Nací hace mucho, en el seno de una familia noble en las tierras del Rhin, donde aprendí a manejar la espada y el escudo con bastante destreza, suplantando a uno de mis hermanos que prefería el estudio de mapas... definitivamente no era suave y refinada como mis hermanas... Creo que eso llevó a que no me buscaran cuando, a la edad de 11 años, desaparecí tras una incursión de los pueblos del Norte. Hombres barbudos, fuertes, que primero me confundieron con un muchacho (me encontraba justamente en una de las "clases") y me enseñaron el arte de la caza y la pesca, y hasta perfeccioné mis tácticas de combate, en un recorrido por las costas de Dinamarca y Noruega que duró un año, con varios saqueos incluídos. Hasta que llegamos al Althing de Trondheim, y me presentaron como un nuevo guerrero de lo que todos llamarían "horda vikinga", pero no por ser ancianos entraron los integrantes a este selecto grupo, sino por sabios, y entendieron por qué no tenía barba...
Así y todo, yo pensaba que en ese momento me cortarían la cabeza o algo por el estilo, pero no... su sociedad valoraba más a la mujer que lo que se hace ahora, y fui "adoptada" por el líder del poblado. Estuve unos meses en su casa, y al poco tiempo me enviaron a un bosque, a aprender con un Gothi sobre los ritos de allí. Aprendí a manejarme en blots, escritura y magia rúnica, Wyrd y Orlög... antes de los 15 ya estaba preparada para lo que me depararía el destino...
Ocurrió una tarde tormentosa, en las afueras del pueblo. Se necesitaban espadas para detener la invasión enemiga, y se sabía de mi habilidad con ellas. Recuerdo que vino mi padre a buscarme, acompañado de otro hombre, a quien jamás antes había visto, alto, fuerte, cubierto por una capa y con un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro. Este hombre me dio una espada, y me llevó al campo de batalla. Sabiéndome observada por él, pese a un instante de timidez, salté del caballo y comencé a aniquilar a los enemigos de mi gente, hasta que no quedó ninguno vivo. Una bruma cubrió el claro del bosque adonde había llegado, y sabiendo lo que significaba (a quiénes no debía ver, si quería seguir viviendo) monté el caballo que me había traido y lo dejé volver por su camino. La bruma espesó, ya no veía ni las crines del equino, que tomó un camino empinado, sin ramas molestas ni piedras. Ya no llovía, ni se escuchaba el trinar de los pájaros, sólo el paso apurado del caballo, que se multiplicó de repente, al tiempo que la niebla desvanecía y me encontraba cabalgando sobre Bifröst, junto a las valkyrias y con Valhalla como destino.