Algunas palabras perdidas.
Ella vio Valquirias llegadas de lejos, prestas a cabalgar al hogar de los dioses (Voluspa:30)
lunes, 17 de febrero de 2014
lunes, 16 de abril de 2012
III. Espada
sábado, 14 de abril de 2012
II. Trondheim.
Me recosté en la cama, pero no podía dormir. Ya iba una semana durmiendo poco.
El primer día nos habían presentado a los dos o tres nuevos. Había una mujer, parecida a Helga, que se ocupaba de todos, pero los otros estaban solos. Los más grandes, me enteré después, podían ir a la ciudad, pero los chiquillos debíamos quedarnos en aquel lugar.
'aquel lugar' era bastante grande, mi mundo se reduciría a la casa donde dormía, aquella donde comía y la más rara, donde nos enseñaban cosas. Había también lugar donde jugar, que para mi era lo mas importante, y una pequeña liza donde los chicos aprendían a pelear.
Había varios chicos, todos con sus espadas de madera, y uno con un guardia atrás. 'Bueno' recuerdo haber pensado mientras me quedaba tildada mirándolo, 'no debo ser la única...' y luego mi matrona me arrastró (me empujó, caminé a su lado) para llevar una carta que habían escrito mis padres al Gothi que dirigía el lugar. Tildada estuve hasta que me di cuenta de que él me miraba: bajé la vista y presté atención al sacerdote, que me hablaba:
-... Espero que seas tan buena alumna como tu hermana - dijo antes de leer la carta: luego de hacerlo su expresión cambió, -que te comportes como... Bien - agregó. Años después entendería que algo le hizo bajar las expectativas.
La primer semana fue rara, mi insomnio primero preocupó a Helga, luego a la celadora, luego al Gothi. El que supiera ya leer también. Aún era pequeña, de edad y de estatura, pero decidieron que podían ocupar mi tiempo libre -en el cual, convengamos, no hacía nada-, y la semana siguiente empecé a jugar en la liza y con los caballos, y pude dormir bien.
jueves, 12 de abril de 2012
La historia antes de la historia I
lunes, 13 de febrero de 2012
¡Verona!
- Gracias - asintió la rubia - no creo que tengamos problemas - "espero" agregó con la mente, y observó a la Lechuza unirse al grupo que lideraba el caspolino, suspirando al verlos desaparecer entre el gentío.
Descendió al muelle al llamado del Capo di Porto, y pagó el medio escudo en que consistía el amarre. Mientras tanto, atenta Elvira asomó la cabeza desde la cubierta y se escondió tras uno de los escudos, tomando la tabla de madera por su extremo.
La tranquilidad en la cubierta despertó algún alerta de peligro en el inconsciente de Waltraute, quien con más cuidado que de costumbre comenzó a ascender y cuando la tabla se volcó hacia un lado, se lanzó de lleno hacia ella, aferrándose con fuerza, más aún al quedar del lado de abajo. Las trenzas se mojaron un poco cuando soltó las manos y se mantuvo sostenida con las piernas, cosa que duró un instante hasta que se acomodó y empezó a trepar.
Elvira le ofreció una mano para ayudarla a terminar de embarcar, pero la sonrisa burlona provocó que la rubia la ignorase, y aunque tardó algo más, logró recuperar la embarcación del sorpresivo "motín".
Desamarraron, y mientras veían alejarse el puerto alcanzó el barco una paloma. Con una carta. Para Wal. Ésta la abrió y se llevó la mano a la cabeza: ¿¿Tasa de amarre en Silvi??? ¡¡Olvidé pagar la tasa de amarre???!!
Recordó vagamente la taberna, el póker, amarrar, embarcar temprano, desamarrar... La de Quemada se escondió en la bodega, esperando que Wal termine de pisotear y patear todo en cubierta. "¡ma come posso essere tanto &$# Recordó vagamente la taberna, el póker, amarrar, embarcar temprano, desamarrar... La de Quemada se escondió en la bodega, esperando que Wal termine de pisotear y patear todo en cubierta. "¡ma come posso essere tanto &$#$&#&8!!" exclamó en italiano, lentamente estaba retomando el hábito del idioma.
Entró al puente de mando y midió quince veces el mapa, a ver si se acortaba la distancia. No quería volver, quería ir a su casa. Estando tan cerca, se le habían quitado todas las ganas de aventura.
La morena entró en el Puente de Mando justo cuando Wal terminó de escribir una respuesta a la Capo di Porto: la leyó por encima de su hombro y se la quitó: - No quieres que nunca más podamos amarrar en Abruzzi, Wal...
- Hai ragione - respondió - piensa, piensa - se repitió, tomándose la cabeza. Escribió otra, diciéndole que en breve le avisaba cuando podría ir hacia allí y la envió.
Waltraute seguía nerviosa, sus dedos tamborileaban en la mesa. - Lazarus - se dijo, y le escribió pidiéndole si podía arreglar eso. Mientras el Drakkar llegaba a la desembocadura del Po, recibió la aliviadora respuesta del caballero. El ex-bigote de Verona, desde lejos, le robó una sonrisa.
Por la tarde llegaron al puerto de Venezia, donde estaba amarrado el Buccintoro, la nave del Doge. "En aquel astillero construyeron el Drakkar" pensó la rubia, añorando aquella época. Le habían dicho ya que la Era Dorada de Venezia había terminado, casi coincidente con su partida, pero se resistía a pensarlo, o anhelaba que comenzara pronto una nueva. Ahora, que sabía más de "esas cosas del gobierno", que le interesaba el estado de las minas, las defensas... La voz de Elvira la distrajo, había comenzado a amarrar el barco.
Cittá di Venezia, Serenissima Repubblica. 18 de Enero de 1460.
Wal desembarcó y se internó en la oficina del Jefe de Puerto. Tenía una misión importante, convencerle de que la dejen amarrar "uno o dos meses". El hombre, al escuchar la cantidad de tempo, le explicó que un mes ya era mucho, más considerando el poco lugar que había en Venezia. Parenzo y Pola eran puertos más grandes, pero claro: estaban en el otro extremo de la República.
Luego de discutir al menos una hora...
- Allora questa è la sua direzione postale.- confirmó el Capo di Porto de Venezia "Cittadella n° 26, Verona" - Se ci fosse un'emergenza, gli scrivo qui e...
- Sì, viaggio fino a qui ed imbarco velocemente, non mi allontanerò oltre a due giorni da Venezia.
- Perfetto, bentornata nella Serenissima.
La rubia sonrió, respondiendo con un simple "Grazie", mientras firmaba finalmente los papeles de amarre del barco, también conocidos como "no te alejes más que Verona". Luego el caballero se dispuso a acompañarla a la puerta, y cuando estaba por abrir se escuchó un golpe: era un hombre algo embarrado, del que jornadas de duro viaje se descubrían en su quebrada postura, traía una misiva para la de Isenstein.
El sistema de correo inter-regno era el más eficiente que existía, y eso no dejaba de sorprender a la veneciana, ya casi acostumbrada a recibir cartas apenas atracar en puerto.
Allí, en la sala de espera de la capitanía de puerto, decorada con bellos tapices que quizás intentó alguno ingresar de contrabando, Waltraute recibió un sobre de señas valencianas. No esperaba nada de ese tipo, pero la distrajo del pensamiento algo que dijo el mensajero:
- Casi logro entregaros el mensaje en Mantua, desamarrasteis muy rápido.
- Todo sea por ahorrar la tasa de amarre - respondió - Toma, ve a una posada y descansa.
Despidió al hombre, y volvió al puente de mando del barco. Sobre el mapa que gobernaba la mesa, fijos sus extremos con algunos instrumentos náuticos y otros papeles y cartas desperdigados sobre éste, descubrió la invitación.
Comenzó a nevar. Realmente hacía frío, y así, dolía mucho más. ¿Era un error, una broma de mal gusto? ¿era la respuesta a su anterior misiva? Tensos cada uno de los músculos de su cuerpo, abolló la invitación.
Tomó entonces una hoja suelta, y escribió unas breves líneas. Luego buscó en la città al mensajero, al que encontró a punto de volver a su hogar, y le encomendó el llevar la contestación. Compromisos en Verona la tendrían ocupada y no iría.
Volvió al barco, y arrojó al mar la traicionera daga de papel. Había hecho una promesa, sí, de respetarle y no causarle problemas. Pero ¿qué era esa invitación?
- Una pugnalata per la schiena! - exclamó al viento - Non sei più che quello!
- Che cosa dici? - preguntó Elvira, que había embarcado para avisarle dónde harían noche.
- Niente, niente - respondió Wal sobresaltada. Cruzó rápido al lado de Elvira, y desembarcó, con ella siguiéndole el paso.
Y llegaron a Venezia. Descansaron, pasearon por la ciudad y a media tarde salieron hacia Pádova, llegando a aquella ciudad al día siguiente. No encontraron a Jacobo Foscari, pero le dejaron una nota en la casa avisándole que estaban de vuelta. Quizás para el carnaval lo verían. El último tramo hacia Verona lo hicieron casi en carrerilla, la redactora iba a poner "a las corridas" pero los lectores españoles, degenerados ellos, entenderían otra cosa.
Cittá di Verona, La perla dell'ovest, Serenissima Repubblica. 20 de Enero de 1460.
Atravesaron la Porta Vescovo saludando a los Leoni D'Oro, la milizia de la ciudad. Era aún de noche. Cruzaron la ciudad y el Puente Nuevo. Caminaron junto a la casa de Colombina, y llegaron finalmente a "lo de Wal", quien se dio cuenta que las llaves... las tenía Myrna. Aún no amanecía, aunque se adivinaba un ligero resplandor en el horizonte. La rubia y la morena se miraron. Tenían dos opciones: despertar a todo el distrito aplaudiendo o gritando a ver si respondían desde adentro - si es que había alguien, pues podían estar en la taberna - o irrumpir en la casa, como habían hecho tantas otras veces que olvidaban las llaves en alguna taberna. Waltraute enlazó las manos y se encorvó un poco, flexionando las rodillas, preparándose para dar impulso al salto de Elvira. Ésta, acomodó un pie en las manos de Wal y empezó a hacer palanca también con la propia puerta cuando sintió que caía: la rubia se enderezó, se llevó una mano a la nuca, sonriendo, y dijo "Buon Giorno" a unos milicianos que patrullaban la calle. A lo lejos se adivinaban otros dos. Mucha seguridad, y más luz del Sol que parecía con ganas de amanecer.
- Mi sento vecchia - dijo Elvira, mientras procedían al plan B: llamar a la puerta.
- Sì, le vecchie signore... non sono ore, non sono ore! - exclamó Wal, imitando a alguna anciana que quizás seguía viviendo por ahí y seguro que agradecía que ahora había más vigilancia por las calles.
Remontando el Po
El Drakkar finalmente avanzó un par de horas más tarde, llegando a Mantúa al día siguiente. Al atardecer, amarraron y con Myrna extendieron una tabla y una cuerda para que todos pudieran bajar. Wal le entregó a la muchacha las llaves de su casa, con una suerte de plano del barrio para que lleguen a destino.