Soy una Valkyria
(paleontóloga)
Salgo a recoger los cuerpos de los caídos
(a buscar fósiles)
Selecciono a los mejores, los más fuertes
(a los mejor preservados, los más representativos)
Los cargo en mi bravío corcel
(los guardo en mi mochila)
Y cabalgando los llevo a Valhalla
(hasta el museo)
Para que se preparen en duelos eternos del día y la noche
(sean estudiados, publicados)
y defiendan Asgard en el Ragnarok
(para que estén en la exposición, y los conozca la gente)
Ella vio Valquirias llegadas de lejos, prestas a cabalgar al hogar de los dioses (Voluspa:30)
martes, 23 de octubre de 2007
domingo, 21 de octubre de 2007
y ahora no sigo más...
porque lo otro que escribí, está "editado" para "encajar" en cierto personaje, de cierto juego online. En realidad tengo el recuerdo nublado, los ojos cansados de ver el pasado oscuro. Se entremezclan mis encarnaciones, los días y noches de mis cientos de vidas.
Tal vez esto no le guste a algún poeta, pero la luna es siempre la misma. No importa donde estés, ni quien seas. Debe ser lo único constante en este mundo. Lo único que me devuelve a la realidad...
Waltraute
Tal vez esto no le guste a algún poeta, pero la luna es siempre la misma. No importa donde estés, ni quien seas. Debe ser lo único constante en este mundo. Lo único que me devuelve a la realidad...
Waltraute
Armé un saco con mis cosas, apenas unas ropas, el cuerno con que solía llamar a mis hermanas, la piedra para afilar la espada... Salí hacia el establo con la armadura puesta, y la capa negra que la oculta. Cuando llevo esa capa, mi equipamiento bélico es invisible a los ojos humanos...
Crucé por última vez Bifröst: no sabía dónde se abrirían las puertas, ni qué año sería. El tiempo en Asgard corre diferente al de Midgard: un año humano puede transcurrir en apenas un día, o en un abrir y cerrar de ojos. La inmortalidad obtenida a los 15 años me hacían ver de esa edad, aunque la verdadera... ni yo la conocía.
Saludé a Heimdall, y me interné en un bosque oscuro. Era de noche, pero la luna baja indicaba que faltaban pocas horas para que comience a despuntar el Sol. Encontré un camino, y seguí a la estrella polar para saberme dirigida al Norte. A pocos pasos encontré una construcción, en su cartel indicaba ser una especie de taberna, un bar.
Entré, puesto que se encontraba casi vacía, y me acerqué a un mapa que colgaba en la pared. Estaba en alguna parte en el centro de todos los caminos, si me dirigía al Noroeste llegaba a mi ciudad natal. Salí sigilosamente, así como había entrado, monté mi caballo y comencé mi vuelta a casa. No a Trondheim, sino a aquella ciudad que me había visto nacer... tenía la esperanza de volver a ver a mis padres, mis hermanos...
Llegué al cabo de tres días, siempre moviendome de noche por los caminos, y de día internándome en los bosques o matorrales... me producía terror cruzarme con las personas, no quería ser vista ni entablar conversación con nadie. La ciudad seguía hermosa, había más casas y se había levantado una muralla de piedra de mayor tamaño. Entré por un pasaje que sólo conocíamos los de mi familia, conducía directo al castillo sin pasar por ningun puesto de guardia. Estaba descuidado, algo inundado, se ve que hacía mucho nadie lo usaba.
Dejé a Thoronir en el establo, tomé mi bolso y entré por la puerta de la cocina. El ruido despertó a la cocinera, quien se acercó con una vela. Antes de su grito de alerta, me saqué la capucha, y me reconoció.
Berta: ¡¡Waltraute!! ¿¿s-sos vos??- se acercó y tocó mi rostro, temblando - ¡¡te creímos muerta!!
Me abrazó efusivamente, me sentó en una silla y me trajo comida. Le conté todo lo que me había pasado, y después ella me contó que mis padres habían muerto hacía un año, que mis hermanas se habían casado bien, con nobles de tierras vecinas, y mi hermano regia en este castillo, también casado y con tres niños pequeños. Y que mi habitación seguía tal cual la había dejado, puesto que nunca perdieron las esperanzas de que volvería.
- Bueno, mañana ya tendrás tiempo para hablar con Wolfgang, ahora a dormir nena...-
Me acompañó a mi habitación, para que no tuviera problema con los guardias. Me extrañó eso, demasiada guardia en la ciudad, en los caminos... pero ni el problema más interesante del mundo podría haber vencido a mi sueño, me arrojé en mi lecho y nuevamente dormí entre sollozos...
Me despertaron los rayos del sol sobre mi rostro, mi cuarto tenía un ventanal que daba al Este, y todos los días me despertaba antes de que cantara el gallo. Hacía diez meses que estaba viviendo con mi hermano, me llevaba bien con su esposa, quien en realidad solía ser una gran amiga de mi infancia, y salíamos a pasear juntas por la ciudad. Los vecinos habían recibido con alegría mi vuelta, nadie conocía mi condición de valquiria, excepto unos pocos de mi familia, y se extrañaban de mi aspecto juvenil, mis conocimientos de idiomas, historia y literatura, y mi delicadeza en el trato.
Ya me había reencontrado con mis hermanas, estábamos todos muy felices en ese sentido, pero a la vez nos preocupaba ver todos los días pasar milicias camino al Sur, a defender las ciudades de la invasión romana. Estabamos bien al norte, pero en cualquier momento iban a caer Worms y Frankfurt, y tendrían el paso libre. Worms ahora se encontraba bajo el dominio de los Burgundios, una raza guerrera de las mejores, Frankfurt parecía más débil.
Mientras desayunabamos, entró un mensajero ataviado en ricas ropas: traía buenas noticias. Se llevaría a cabo una doble boda en Worms; Gunther, el Rey Burgundio, desposaría a Brunhilda, y Crimhilda la Hermosa, su hermana, a Sigfrido, el héroe de Xanten.
Mi hermano recompensó al mensajero, y envió a los propios a avisar a nuestras hermanas y hermanos políticos. Yo, en cambio, quedé perpleja. ¿Sigfrido? ¿no era aquel que había despertado a mi hermana Brunhilda? ¿el que le ofrendó el anillo maldito? ¿qué estaba ocurriendo? Después del desayuno, alcancé al mensajero en el camino y le dí unas monedas por más información.
"Sigfrido llegó un día a Worms, dispuesto a tomar tierras burgundias, pero vio a Crimhilda y se enamoró de ella, Gunther, quien estaba enamorado de Brunhilda, le pidió que le ayude a conseguirla, puesto que muchos reyes habían intentado cruzar el fuego sin exito, y a cambio obtendría la mano de su hermana"
¡Traición! - pensé - hay algo allí que me huele mal... lo averigüaré durante las fiestas...
Las doncellas prepararon los mejores vestidos y joyas para el evento, y en menos de una semana partimos hacia Worms. El viaje transcurrió sin sobresaltos, los burgundios habían dispuesto fuertes guardias para que la ceremonia fuera amena. Llegamos a Worms, ni los primeros ni los ultimos invitados éramos. Nos alojaban a todos en el castillo, dotado de amplias y numerosas habitaciones. Tuvimos el honor de conocer a Sigfrido, Gunther, Giselher y Gerenot antes de las nupcias; las reinas por tradición no se mostrarían sino hasta el mismo momento del casamiento. Sigfrido era bello, sí, de apariencia atlética, fuerte, según sabía había derrotado al dragón Fafnir y al bañarse en su sangre su piel se había vuelto imposible de atravesar por los aceros. Gunther, en cambio, era el de más edad entre los tres reyes burgundios, y por su aspecto, era imposible que hubiera podido transpasar por sí solo el fuego protector de Brunhilda.
Me quedé en el molde, para no levantar sospechas, y esperé con ansias el momento en que vería de nuevo a mi hermana. ¿Se sorprendería de verme? ¿me echaría? ¿me reconocería? Esto último me lo preguntaba por si le habían hecho olvidar su pasado para desposarla con Gunther... los brujos maléficos abundaban en estos tiempos de guerra y traición. El día de la ceremonia el sol brilló más fuerte que en cualquier otro otoño, el propio cielo azul iluminaba los rostros de las felices parejas, y todo transcurrió con normalidad. Después de la parte religiosa, empezaron los festejos, que duraron semanas: guerreros de todas partes habían venido a festejar y qué mejor que organizar torneos para celebrar a los valientes esposos.
Entre combates, Brunhilda que me había visto me hizo una seña, se levantó de su asiento y entró al castillo. Yo hice lo mismo minutos después, y nos encontramos en las sombras, bajo una escalera.
Brunhilda: ¡Waltraute, hermana! ¿qué ha ocurrido?
Waltraute: lo que temía, al llegar Odín ya había dejado esta nota en mi habitación, y estoy aquí desde hace once meses...
Brunhilda: lo lamento mucho... (miró la nota, y me abrazó) hermana, no se si te diste cuenta, que acá está pasando algo muy raro... mi amado Sigfrido me desconoce, y me he desposado con ese hombre que no parece muy fuerte, pese a que mis ojos no me engañaron cuando le vi atravesar el fuego... no entiendo qué ocurre... además Sigfrido fue presentado como vasallo de Gunther ¡¡y lo casa con la hermana!! ¿donde se ha visto esto? Anoche, no le permití al Rey tomarme como mujer si no me explicaba esto...
Waltraute: es muy raro Bru... algo no está bien, si así lo trataste anoche y no fue capaz de doblegarte y someterte a sus deseos, no me parecería extraño que se repita hoy su "excepcional valentía"... ten cuidado, trataré de estar fuera de la habitación, escondida bajo mi oscura capa, y si veo algo raro me ocuparé...
Se despidió con un gracias, y cada una volvió a su lugar. Durante la noche no ocurrió nada extraño, no entró nadie "extra" en la habitación, pero se escucharon forcejeos. A la mañana lo entendí, Brunhilda ya jamás volvería a ser valquiria. No dejaba todo de resultar extraño, pero las nupcias continuaron durante dos semanas, tras las cuales volvimos a nuestros hogares.
Pasaron unos años, en los cuales me dediqué a salir por las noches a cabalgar los caminos, a veces me iba varios días al sur. No me acostumbraba a quedarme en un lugar, y cada vez que se avecinaba una tormenta (una cacería salvaje) mi corazón me obligaba a cabalgar sin rumbo.
En estas excursiones también me acercaba a Worms pero sin entrar en la ciudad, para saber de mi hermana. Habían tenido un hijo, al cual llamaron Sigfrido, y por su parte los reyes de Xanten habían llamado Gunther al propio. Uno de esos días se encontraban de visita en la ciudad.
Me encontraba a punto de volver a mi castillo, cuando me llegó la noticia de la muerte de Sigfrido. Corrí donde Brunhilda, y me relató que ella lo mandó a asesinar, porque se dio cuenta que su honor había sido cruelmente mancillado por Gunther y por el propio Sigfrido, y que ambos lo negaban. Esto había ocurrido por una disputa con Crimhilda, donde esta joven había sacado a relucir el cinturón perdido de mi hermana, diciendo que era un regalo de su esposo. Sólo Hagen, un fuerte guerrero de la corte burgundia, la había apoyado, y mediante artimañas consiguió conocer el punto débil del héroe de Xanten, donde clavó una lanza un día de caza.
Antes de morir, Sigfrido recordó todo, recordó a Brunhilda, y se descubrió la verdad: con una pócima lo habían enceguecido, y hecho desposar con Crimhilda; así también Gunther logró casarse con Brunhilda.
Llegó el cuerpo de Sigfrido al castillo, y Brunhilda dijo a los presentes:
Brunhilda: Junto a la orilla del Rin quiero que me levantéis una pila de gruesos trozos de madera. Alta y brillante se alzará la pira donde el noble cuerpo de este gran héroe arderá. Traed su caballo y junto a mí seguirá al guerrero, para que el honor más sagrado del héroe sea compartido: eso es lo que yo deseo. Haced lo que ordeno.
Como puros rayos de sol su resplandor brilla sobre mí. Era el más puro y me traicionó. Engañó a su esposa, pero permaneció leal a su amigo y de su amada, su única amiga, se separó con su espada. Jamás un hombre más sincero que él hizo un juramento; Jamás un hombre más leal que él hizo un trato; Jamás un hombre más honesto que él llegó a enamorarse. Y sin embargo traicionó todos sus juramentos, todos sus tratos y a su más sincero amor: los traicionó como nadie jamás ha traicionado. ¿Sabéis como ocurrió?
¡Oh, tú que tan solemnemente proteges los juramentos, presta atención a mi dolor creciente. Mira tu eterna culpabilidad y escucha mi queja, dios majestuoso
¡Con la más valiente de sus hazañas le involucraste en aquello que tú tanto deseabas y al hacerlo, provocaste tu propia ruina.
Yo tuve que ser traicionada por este santo para poder convertirme en una esposa con sabiduría.
¿Qué si sé lo que tú necesitas?
Todo, todo, todo lo que yo sé: ahora lo entiendo todo.
Hasta puedo oiros a vosotros cuervos moviendo las alas.
Ahora os enviaré a los dos a casa para que llevéis la noticia tan temida y deseada.
¡Descansa, descansa, tú, dios!
(Dió la señal para que los soldados lleven el cuerpo de Sigfrido a la pira, y al mismo tiempo, le sacó el anillo del dedo)
Ahora he tomado lo que me pertenecía legalmente. ¡Anillo maldito! ¡Terrible anillo! Cojo tu oro y ahora me deshago de él.
A vosotras inteligentes hermanas de las profundidades, Ninfas nadadoras del Rin, os doy las gracias por vuestro buen consejo. Os entregaré lo que tanto deseáis: cogedlo de entre mis cenizas. Este fuego que me quema limpiará el anillo de su maldición.
Vosotras en el agua lo disolveréis y con cuidado protegeréis este oro brillante que tan vilmente os fue robado.
(Coge una enorme antorcha de uno de los soldados)
¡Cuervos, volad a casa! Contadle a vuestro señor lo que habéis oído decir aquí junto al Rin. Viajad más allá de la Roca de las valkyrias, donde las llamas todavía arden.
Enviad a Loge a Valhalla, pues ya se acerca el fin de los dioses.
Así … a la orgullosa fortaleza de Valhalla tiro esta antorcha.
(Tira la antorcha sobre la pila de maderas)
Grane caballo mío, a ti te saludo. Amigo mío, ¿también sabes a dónde te llevo?
Tu amo, Siegfried mi héroe glorioso, yace brillando entre las llamas. ¿Relinchas de ganas de seguir los pasos de tu amigo? ¿Acaso las llamas sonrientes de atraen hacia él?
Siente como arde también mi pecho.
El fuego resplandeciente se ha apoderado de mi corazón que ansía abrazarle y ser abrazada por él y así permanecer unidos en un amor monumental.
¡Heiajoho! Grane saluda a tu señor. Sigfrido, Sigfriedo, mira: tu alegre esposa te saluda.
(Monta al caballo y de un salto se lanza a la pira. El fuego se apaga de repente, y pronto, sólo queda una nube de humo. Al mismo tiempo, el Rin se desborda y echa sus aguas sobre el fuego. Aparecen las Tres Ninfas y una ola se levanta por encima de la pira. Hagen, rápidamente, tira su lanza, su escudo y su casco y se tira al agua como un loco, llorando).
Hagen: ¡Alejaos del anillo!.
Las ninfas toman el anillo, y el Rhin llega a Valhalla y apaga el fuego que había comenzado a consumirlo. Hagen muere ahogado, como vil traidor se lo merecía. Su padre era quien había renunciado al amor y forjado el anillo maldito, y eran las manos a las que no debía volver para salvar Asgard y Midgard.
Monté mi corcel y vadeando el Rhin volví a casa. Asgard no había caído, pero el fuego del amor verdadero habría limpiado su cielo, y todo habría vuelto a la normalidad. Pronto, esperaba, volvería a Valhalla.
Crucé por última vez Bifröst: no sabía dónde se abrirían las puertas, ni qué año sería. El tiempo en Asgard corre diferente al de Midgard: un año humano puede transcurrir en apenas un día, o en un abrir y cerrar de ojos. La inmortalidad obtenida a los 15 años me hacían ver de esa edad, aunque la verdadera... ni yo la conocía.
Saludé a Heimdall, y me interné en un bosque oscuro. Era de noche, pero la luna baja indicaba que faltaban pocas horas para que comience a despuntar el Sol. Encontré un camino, y seguí a la estrella polar para saberme dirigida al Norte. A pocos pasos encontré una construcción, en su cartel indicaba ser una especie de taberna, un bar.
Entré, puesto que se encontraba casi vacía, y me acerqué a un mapa que colgaba en la pared. Estaba en alguna parte en el centro de todos los caminos, si me dirigía al Noroeste llegaba a mi ciudad natal. Salí sigilosamente, así como había entrado, monté mi caballo y comencé mi vuelta a casa. No a Trondheim, sino a aquella ciudad que me había visto nacer... tenía la esperanza de volver a ver a mis padres, mis hermanos...
Llegué al cabo de tres días, siempre moviendome de noche por los caminos, y de día internándome en los bosques o matorrales... me producía terror cruzarme con las personas, no quería ser vista ni entablar conversación con nadie. La ciudad seguía hermosa, había más casas y se había levantado una muralla de piedra de mayor tamaño. Entré por un pasaje que sólo conocíamos los de mi familia, conducía directo al castillo sin pasar por ningun puesto de guardia. Estaba descuidado, algo inundado, se ve que hacía mucho nadie lo usaba.
Dejé a Thoronir en el establo, tomé mi bolso y entré por la puerta de la cocina. El ruido despertó a la cocinera, quien se acercó con una vela. Antes de su grito de alerta, me saqué la capucha, y me reconoció.
Berta: ¡¡Waltraute!! ¿¿s-sos vos??- se acercó y tocó mi rostro, temblando - ¡¡te creímos muerta!!
Me abrazó efusivamente, me sentó en una silla y me trajo comida. Le conté todo lo que me había pasado, y después ella me contó que mis padres habían muerto hacía un año, que mis hermanas se habían casado bien, con nobles de tierras vecinas, y mi hermano regia en este castillo, también casado y con tres niños pequeños. Y que mi habitación seguía tal cual la había dejado, puesto que nunca perdieron las esperanzas de que volvería.
- Bueno, mañana ya tendrás tiempo para hablar con Wolfgang, ahora a dormir nena...-
Me acompañó a mi habitación, para que no tuviera problema con los guardias. Me extrañó eso, demasiada guardia en la ciudad, en los caminos... pero ni el problema más interesante del mundo podría haber vencido a mi sueño, me arrojé en mi lecho y nuevamente dormí entre sollozos...
Me despertaron los rayos del sol sobre mi rostro, mi cuarto tenía un ventanal que daba al Este, y todos los días me despertaba antes de que cantara el gallo. Hacía diez meses que estaba viviendo con mi hermano, me llevaba bien con su esposa, quien en realidad solía ser una gran amiga de mi infancia, y salíamos a pasear juntas por la ciudad. Los vecinos habían recibido con alegría mi vuelta, nadie conocía mi condición de valquiria, excepto unos pocos de mi familia, y se extrañaban de mi aspecto juvenil, mis conocimientos de idiomas, historia y literatura, y mi delicadeza en el trato.
Ya me había reencontrado con mis hermanas, estábamos todos muy felices en ese sentido, pero a la vez nos preocupaba ver todos los días pasar milicias camino al Sur, a defender las ciudades de la invasión romana. Estabamos bien al norte, pero en cualquier momento iban a caer Worms y Frankfurt, y tendrían el paso libre. Worms ahora se encontraba bajo el dominio de los Burgundios, una raza guerrera de las mejores, Frankfurt parecía más débil.
Mientras desayunabamos, entró un mensajero ataviado en ricas ropas: traía buenas noticias. Se llevaría a cabo una doble boda en Worms; Gunther, el Rey Burgundio, desposaría a Brunhilda, y Crimhilda la Hermosa, su hermana, a Sigfrido, el héroe de Xanten.
Mi hermano recompensó al mensajero, y envió a los propios a avisar a nuestras hermanas y hermanos políticos. Yo, en cambio, quedé perpleja. ¿Sigfrido? ¿no era aquel que había despertado a mi hermana Brunhilda? ¿el que le ofrendó el anillo maldito? ¿qué estaba ocurriendo? Después del desayuno, alcancé al mensajero en el camino y le dí unas monedas por más información.
"Sigfrido llegó un día a Worms, dispuesto a tomar tierras burgundias, pero vio a Crimhilda y se enamoró de ella, Gunther, quien estaba enamorado de Brunhilda, le pidió que le ayude a conseguirla, puesto que muchos reyes habían intentado cruzar el fuego sin exito, y a cambio obtendría la mano de su hermana"
¡Traición! - pensé - hay algo allí que me huele mal... lo averigüaré durante las fiestas...
Las doncellas prepararon los mejores vestidos y joyas para el evento, y en menos de una semana partimos hacia Worms. El viaje transcurrió sin sobresaltos, los burgundios habían dispuesto fuertes guardias para que la ceremonia fuera amena. Llegamos a Worms, ni los primeros ni los ultimos invitados éramos. Nos alojaban a todos en el castillo, dotado de amplias y numerosas habitaciones. Tuvimos el honor de conocer a Sigfrido, Gunther, Giselher y Gerenot antes de las nupcias; las reinas por tradición no se mostrarían sino hasta el mismo momento del casamiento. Sigfrido era bello, sí, de apariencia atlética, fuerte, según sabía había derrotado al dragón Fafnir y al bañarse en su sangre su piel se había vuelto imposible de atravesar por los aceros. Gunther, en cambio, era el de más edad entre los tres reyes burgundios, y por su aspecto, era imposible que hubiera podido transpasar por sí solo el fuego protector de Brunhilda.
Me quedé en el molde, para no levantar sospechas, y esperé con ansias el momento en que vería de nuevo a mi hermana. ¿Se sorprendería de verme? ¿me echaría? ¿me reconocería? Esto último me lo preguntaba por si le habían hecho olvidar su pasado para desposarla con Gunther... los brujos maléficos abundaban en estos tiempos de guerra y traición. El día de la ceremonia el sol brilló más fuerte que en cualquier otro otoño, el propio cielo azul iluminaba los rostros de las felices parejas, y todo transcurrió con normalidad. Después de la parte religiosa, empezaron los festejos, que duraron semanas: guerreros de todas partes habían venido a festejar y qué mejor que organizar torneos para celebrar a los valientes esposos.
Entre combates, Brunhilda que me había visto me hizo una seña, se levantó de su asiento y entró al castillo. Yo hice lo mismo minutos después, y nos encontramos en las sombras, bajo una escalera.
Brunhilda: ¡Waltraute, hermana! ¿qué ha ocurrido?
Waltraute: lo que temía, al llegar Odín ya había dejado esta nota en mi habitación, y estoy aquí desde hace once meses...
Brunhilda: lo lamento mucho... (miró la nota, y me abrazó) hermana, no se si te diste cuenta, que acá está pasando algo muy raro... mi amado Sigfrido me desconoce, y me he desposado con ese hombre que no parece muy fuerte, pese a que mis ojos no me engañaron cuando le vi atravesar el fuego... no entiendo qué ocurre... además Sigfrido fue presentado como vasallo de Gunther ¡¡y lo casa con la hermana!! ¿donde se ha visto esto? Anoche, no le permití al Rey tomarme como mujer si no me explicaba esto...
Waltraute: es muy raro Bru... algo no está bien, si así lo trataste anoche y no fue capaz de doblegarte y someterte a sus deseos, no me parecería extraño que se repita hoy su "excepcional valentía"... ten cuidado, trataré de estar fuera de la habitación, escondida bajo mi oscura capa, y si veo algo raro me ocuparé...
Se despidió con un gracias, y cada una volvió a su lugar. Durante la noche no ocurrió nada extraño, no entró nadie "extra" en la habitación, pero se escucharon forcejeos. A la mañana lo entendí, Brunhilda ya jamás volvería a ser valquiria. No dejaba todo de resultar extraño, pero las nupcias continuaron durante dos semanas, tras las cuales volvimos a nuestros hogares.
Pasaron unos años, en los cuales me dediqué a salir por las noches a cabalgar los caminos, a veces me iba varios días al sur. No me acostumbraba a quedarme en un lugar, y cada vez que se avecinaba una tormenta (una cacería salvaje) mi corazón me obligaba a cabalgar sin rumbo.
En estas excursiones también me acercaba a Worms pero sin entrar en la ciudad, para saber de mi hermana. Habían tenido un hijo, al cual llamaron Sigfrido, y por su parte los reyes de Xanten habían llamado Gunther al propio. Uno de esos días se encontraban de visita en la ciudad.
Me encontraba a punto de volver a mi castillo, cuando me llegó la noticia de la muerte de Sigfrido. Corrí donde Brunhilda, y me relató que ella lo mandó a asesinar, porque se dio cuenta que su honor había sido cruelmente mancillado por Gunther y por el propio Sigfrido, y que ambos lo negaban. Esto había ocurrido por una disputa con Crimhilda, donde esta joven había sacado a relucir el cinturón perdido de mi hermana, diciendo que era un regalo de su esposo. Sólo Hagen, un fuerte guerrero de la corte burgundia, la había apoyado, y mediante artimañas consiguió conocer el punto débil del héroe de Xanten, donde clavó una lanza un día de caza.
Antes de morir, Sigfrido recordó todo, recordó a Brunhilda, y se descubrió la verdad: con una pócima lo habían enceguecido, y hecho desposar con Crimhilda; así también Gunther logró casarse con Brunhilda.
Llegó el cuerpo de Sigfrido al castillo, y Brunhilda dijo a los presentes:
Brunhilda: Junto a la orilla del Rin quiero que me levantéis una pila de gruesos trozos de madera. Alta y brillante se alzará la pira donde el noble cuerpo de este gran héroe arderá. Traed su caballo y junto a mí seguirá al guerrero, para que el honor más sagrado del héroe sea compartido: eso es lo que yo deseo. Haced lo que ordeno.
Como puros rayos de sol su resplandor brilla sobre mí. Era el más puro y me traicionó. Engañó a su esposa, pero permaneció leal a su amigo y de su amada, su única amiga, se separó con su espada. Jamás un hombre más sincero que él hizo un juramento; Jamás un hombre más leal que él hizo un trato; Jamás un hombre más honesto que él llegó a enamorarse. Y sin embargo traicionó todos sus juramentos, todos sus tratos y a su más sincero amor: los traicionó como nadie jamás ha traicionado. ¿Sabéis como ocurrió?
¡Oh, tú que tan solemnemente proteges los juramentos, presta atención a mi dolor creciente. Mira tu eterna culpabilidad y escucha mi queja, dios majestuoso
¡Con la más valiente de sus hazañas le involucraste en aquello que tú tanto deseabas y al hacerlo, provocaste tu propia ruina.
Yo tuve que ser traicionada por este santo para poder convertirme en una esposa con sabiduría.
¿Qué si sé lo que tú necesitas?
Todo, todo, todo lo que yo sé: ahora lo entiendo todo.
Hasta puedo oiros a vosotros cuervos moviendo las alas.
Ahora os enviaré a los dos a casa para que llevéis la noticia tan temida y deseada.
¡Descansa, descansa, tú, dios!
(Dió la señal para que los soldados lleven el cuerpo de Sigfrido a la pira, y al mismo tiempo, le sacó el anillo del dedo)
Ahora he tomado lo que me pertenecía legalmente. ¡Anillo maldito! ¡Terrible anillo! Cojo tu oro y ahora me deshago de él.
A vosotras inteligentes hermanas de las profundidades, Ninfas nadadoras del Rin, os doy las gracias por vuestro buen consejo. Os entregaré lo que tanto deseáis: cogedlo de entre mis cenizas. Este fuego que me quema limpiará el anillo de su maldición.
Vosotras en el agua lo disolveréis y con cuidado protegeréis este oro brillante que tan vilmente os fue robado.
(Coge una enorme antorcha de uno de los soldados)
¡Cuervos, volad a casa! Contadle a vuestro señor lo que habéis oído decir aquí junto al Rin. Viajad más allá de la Roca de las valkyrias, donde las llamas todavía arden.
Enviad a Loge a Valhalla, pues ya se acerca el fin de los dioses.
Así … a la orgullosa fortaleza de Valhalla tiro esta antorcha.
(Tira la antorcha sobre la pila de maderas)
Grane caballo mío, a ti te saludo. Amigo mío, ¿también sabes a dónde te llevo?
Tu amo, Siegfried mi héroe glorioso, yace brillando entre las llamas. ¿Relinchas de ganas de seguir los pasos de tu amigo? ¿Acaso las llamas sonrientes de atraen hacia él?
Siente como arde también mi pecho.
El fuego resplandeciente se ha apoderado de mi corazón que ansía abrazarle y ser abrazada por él y así permanecer unidos en un amor monumental.
¡Heiajoho! Grane saluda a tu señor. Sigfrido, Sigfriedo, mira: tu alegre esposa te saluda.
(Monta al caballo y de un salto se lanza a la pira. El fuego se apaga de repente, y pronto, sólo queda una nube de humo. Al mismo tiempo, el Rin se desborda y echa sus aguas sobre el fuego. Aparecen las Tres Ninfas y una ola se levanta por encima de la pira. Hagen, rápidamente, tira su lanza, su escudo y su casco y se tira al agua como un loco, llorando).
Hagen: ¡Alejaos del anillo!.
Las ninfas toman el anillo, y el Rhin llega a Valhalla y apaga el fuego que había comenzado a consumirlo. Hagen muere ahogado, como vil traidor se lo merecía. Su padre era quien había renunciado al amor y forjado el anillo maldito, y eran las manos a las que no debía volver para salvar Asgard y Midgard.
Monté mi corcel y vadeando el Rhin volví a casa. Asgard no había caído, pero el fuego del amor verdadero habría limpiado su cielo, y todo habría vuelto a la normalidad. Pronto, esperaba, volvería a Valhalla.
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