lunes, 16 de abril de 2012

III. Espada

Cerré los ojos con fuerza, porque de alguna manera eso hacía que no soltara la espada. Sentí al chico sonreir, y ablandar la presión cuando el maestro de armas indicó su victoria. No me molestaba perder contra él, era un año mayor. Y era el único de los mayores que se animaba a retarme. Así se convertía en el único que doblegaba mi voluntad.

Ya habían pasado tres años desde que estaba allí, con Helga que me hacía las trenzas aún, y que había prometido que el día en que supiera hacerlas, se volvía a Islandia. "Pobre" pensaba yo mientras ella repetía eso, "no vuelve nunca más".

Se quitó el guante y extendió su mano, ayudándome a ponerme de pie. Le dí mi espada y me apresuré a acomodar la falda del vestido. Luego quise recuperar mi arma, pero él se había adelantado para recoger ambos escudos del suelo, y me esperaba unos metros más allá. Lo alcancé, acompañándolo a dejar las cosas en su lugar, después cada uno se fue con su grupo.

Sin quitarme el casco sentí como sus compañeros lo felicitaban, por darles nuevamente la victoria. Los míos, cuando me senté con ellos, no dijeron nada. Sabían que si no me quitaba el casco, podía gruñirles cual león de montaña.

Salieron dos más a la liza: los miraba sin ver, aún con un sentimiento raro en el pecho. Mis dedos bailoteaban nerviosos en la tabla que hacía de asiento. Detrás mío sentí un chistido, una voz:

- Wal - dijo una de mis compañeras - llegamos tarde a costura, ven.

Me levanté, quité el casco y lo dejé con los otros, e hice señas al maestro de mi retirada. Éste me devolvió la seña, indicándome de que dejara allí también la cota de malla.

Desajusté el cinto, algunas cinchas de los brazos, mientras se acercaba Harek, uno de los de mi grupo, para ayudarme:
- No necesitas armadura para luchas contra agujas - bromeó

- Por decir eso te tocará ir a la liza ahora - le dije, y justo terminó el combate y lo llamaron. Levanté ambas manos, riendo, señalando mi inocencia, y repetí lo de siempre - Las Nornas.

Cuando se dio vuelta refunfuñando, crucé ambas manos tras mi cabeza, hacia la espalda, y tomé la cota: me incliné hacia adelante y tiré de ella, para quitarla. No solía hacer eso sola, de hecho todos nos ayudábamos en esa tarea porque si había algo complicado, era ponerse y quitarse la pesada cota de mallas. Me erguí a oscuras, con la cabeza y parte del torso aún cubiertos por la cota, y golpeé a alguien, que me detuvo y me ayudó con el resto. Todos los demás estaban luchando, y este chico había quedado sin pareja de combate, "sólo por eso vino a ayudarme" me dije, luego de bajar la vista y nuevamente acomodarme la ropa al descubrir que era quien me ayudaba. Le agradecí con una breve inclinación, y me fui rápido con mis compañeras, quienes no tardaron en preguntarme sobre él, y me retaron cuando respondí que jamás nos habíamos dirigido la palabra.

"De hecho, ahora que lo preguntan, no sé siquiera como se llama, o cómo suena su voz" - pensé.

Más tarde pregunté a Helga, si estaba mal que no me pusiera a ver cual de los chicos lucía mejor con tal o cual casco, como comentaban durante Costura, y me respondió que era mejor así, que no me preocupe ni me empeñe en copiar lo que hicieran las otras. Le di las gracias, y las buenas noches, y me fui a dormir.

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